LA ENTREVISTA

—Jorge, empecemos por Montserrat. ¿Qué pasó ahí exactamente?

—Montserrat me ordenó, sí, pero también me cargó.
Y lo digo casi literal: sentí en la piel algo parecido a energía estática, como esas descargas electrostáticas cuando tocas metal, pero sin el golpe.
Una sensación fina, insistente, casi un magnetismo superficial.

No hablo de fenómenos sobrenaturales; hablo de percepción corporal amplificada.
El tipo de sensibilidad que aparece cuando un lugar te supera emocionalmente.

Es como si Montserrat hubiera dicho:
“Pon atención. No estás de paso. Aquí se viene a estar.”

Esa sensación eléctrica me devolvió al cuerpo en un lugar donde, curiosamente, todo parece empujarte hacia lo vertical, hacia lo espiritual.
Una paradoja hermosa.


—¿Y Egipto? ¿También lo “cargó”?

—Egipto no me cargó: me atravesó.
Las pirámides impresionan, sí, pero lo que me transformó fue el pueblo justo al frente:
el caos ordenado, el ruido que tiene su propia inteligencia, la vida cotidiana negociando cada milímetro del espacio.

Sentí que Egipto me decía:

“Mira sin prejuicios, como mirabas antes,
cuando no tenías una teoría para cada cosa.”

Fue un recordatorio brutal de algo que creo que perdemos con los años:

  • la capacidad de observar sin clasificar,

  • de escuchar sin evaluar,

  • de sorprenderse sin proteger la propia identidad.

Ese caos, lejos de desbordarme, me devolvió una versión de mí mismo que creía perdida:
más permeable, menos defensiva, más disponible para lo inesperado.

Las pirámides me situaron en el tiempo.
El pueblo me situó en mí.


—Y el Valle del Elqui… me dijo una vez que allí algo le pasó en la piel también.

—Sí.
En el Elqui tuve un tipo de magnetismo parecido al de Montserrat, pero más sutil y más continuo.
Como si el aire tuviera una densidad distinta.

No era electricidad, exactamente.
Era más como una presión suave, un “campo”, algo que se siente con los vellos del cuerpo más que con los músculos.

Y al mismo tiempo, la sensación interna era lo contrario:
vacío, calma, amplitud.

En el Elqui no sentí un mensaje, ni una corrección, ni una instrucción.
Sentí un permiso.

Permiso para no buscar nada.
Para no esperar nada.
Para simplemente estar.

Es un valle que te desactiva la urgencia y, con ella, buena parte del ruido interno.


—Tres experiencias distintas: magnetismo, descolocación, vacío. ¿Qué es lo común?

—Lo común no es la geología.
Ni la cultura.
Ni la “energía” en un sentido fácil.

Lo común es que los tres sitios activaron estados de conciencia complementarios:

  • Montserrat → concentración y carga corporal

  • Egipto → apertura y desmantelamiento de prejuicios

  • Elqui → silencio interno y magnetismo suave

Son tres llaves distintas para abrir tres puertas distintas de la psicología humana:

  1. La puerta del foco

  2. La puerta del asombro

  3. La puerta del vacío fértil

Un terapeuta puede estudiar teoría toda su vida,
pero luego aparece un paisaje y te da en 20 minutos lo que un libro explica en 300 páginas.


—¿No será que está proyectando cosas internas en los lugares?

—Claro que proyecto.
Todos lo hacemos.

Pero la pregunta relevante es otra:

¿Por qué ciertos lugares invitan a proyecciones profundas
y otros sólo generan fotos para Instagram?

La mente necesita escenarios donde pueda expandir sus símbolos,
y estos tres lugares —cada uno en su estilo— son espacios proyectivos de alto rendimiento.

Montserrat te ofrece verticalidad y rigor.
Egipto te ofrece inmensidad y caos inteligente.
Elqui te ofrece luz, silencio y resonancia.

Son contextos que facilitan experiencia interna intensa sin que uno haga gran cosa.


—¿Podemos hablar entonces de una psicología del espacio?

—Deberíamos.
Porque la psicología ha estudiado mucho la mente en relación con otras personas,
pero muy poco la mente en relación con lugares.

Yo diría que hay tres niveles de interacción hombre-lugar:


1. El nivel fisiológico

Ciertos entornos —por luz, altitud, silencio, forma, escala— modifican la respiración, el tono muscular y la atención.
El cuerpo cambia, y con él cambia la mente.

Montserrat y el Elqui, por ejemplo, me generaron sensaciones magnéticas sutiles, como si el cuerpo tomara más información del ambiente de lo habitual.


2. El nivel perceptivo

Formas no cotidianas reorganizan la percepción.

Las pirámides y Montserrat producen un efecto de ruptura de escala.
El caos del pueblo egipcio frente a Giza produce un efecto de reorganización del foco.


3. El nivel simbólico

Los lugares no son neutros:
vienen cargados de interpretaciones históricas, espirituales, narrativas colectivas.

El visitante coopera con esa carga simbólica y crea una experiencia única.


—¿Cómo resumiría, al final, lo que aprendió de estos tres lugares?

—Con una frase que es casi una teoría:

“Los lugares son como terapeutas silenciosos:
algunos te ordenan,
otros te desarman,
otros te vacían.
Y si escuchas bien, cada uno te devuelve una parte de ti que habías olvidado.”

Montserrat me dio foco y electricidad.
Egipto me devolvió la mirada fresca.
El Elqui me ofreció un vacío que no asusta, sino que invita.

Y todo eso no dice tanto de ellos…
dice de nosotros:
de cómo el espacio se convierte en significado cuando la conciencia está dispuesta.

Comentarios

Entradas populares de este blog