ENTREVISTA
“Todos hemos sido el malo en la película de alguien”
Entrevista al psicólogo Jorge Orrego
Por E-terapia · Barcelona
—Jorge, usted afirma que todos hemos sido víctima… pero también hemos sido el malo en la película de alguien. Eso suena duro.
—Es duro solo si uno sigue atrapado en la narrativa clásica, donde hay héroes y villanos, buenos y malos, justos e injustos.
Esa estructura nos da sentido, pero también nos llena de sufrimiento.
La vida no funciona así.
Desde un punto de vista psicológico y sistémico, lo que realmente existe no son “buenos” y “malos”, sino interacciones, percepciones, malentendidos, patrones relacionales, y un puñado de emociones humanas que chocan entre sí.
Y en ese choque, sin querer, todos hemos sido:
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el que hirió,
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el que decepcionó,
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el que manipuló un poco,
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el que no estuvo disponible,
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el que se defendió torpemente,
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el que dejó de ver al otro.
Nadie quiere ponerse el traje del malo, pero a todos nos ha quedado a medida alguna vez.
—¿Entonces nadie es completamente inocente?
—Nadie es completamente culpable ni completamente inocente.
Y esa es la parte liberadora.
Una persona puede sentirse víctima durante años
y sin embargo descubrir, mirando con lupa,
que también tomó decisiones que alimentaron el patrón:
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aguantó demasiado tiempo,
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no puso límites,
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intentó agradar hasta desintegrarse,
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interpretó señales desde el miedo,
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comunicó de forma ambigua.
Pero ojo:
eso NO significa que sea culpable del daño recibido.
La responsabilidad es asimétrica,
pero la participación es sistémica.
La víctima nunca es responsable del abuso.
Pero todas las personas —víctimas o no— cargan con la responsabilidad de verse con honestidad.
—Usted dice que el “malo” no existe como persona, sino como rol dentro de un patrón. ¿Eso no es demasiado indulgente?
—Para nada.
Porque comprender no es justificar.
Cuando digo que el “malo” es un rol, lo que digo es:
El daño no suele venir de la esencia de alguien,
sino de la posición que esa persona ocupa en un sistema relacional.
Una madre puede ser vista como controladora por un hijo,
como salvadora por otro,
como víctima por su pareja,
y como agresora por un tercero.
¿Quién es ella entonces?
Ninguna de esas categorías…
y todas.
Los roles son estructuras narrativas,
no diagnósticos morales.
—Pero hay personas que objetivamente hacen daño. ¿No son malas?
—En términos prácticos, sí: son “malas para ti” o “malas en ese contexto”.
Pero eso no define su esencia. Define su conducta, su nivel de regulación, su historia emocional, su posición en el sistema.
Incluso alguien que hace daño intencionalmente
tiene un guion interno que cree necesario.
La crueldad, en el mundo real,
suele venir de:
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inseguridad,
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miedo a ser desplazado,
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heridas mal resueltas,
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expectativas no cumplidas,
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necesidad de control,
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incapacidad para tolerar la diferencia,
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o traiciones imaginadas.
Nadie se levanta diciendo: “Hoy voy a ser el villano”.
Pero el patrón puede convertirte en uno.
—¿Y la víctima? ¿Qué pasa con su dolor? ¿No corre el riesgo de desdibujarse con esta mirada más difusa?
—Todo lo contrario.
La víctima necesita una cosa fundamental: validación.
Y validar no significa convertir a alguien en un demonio.
Significa decir:
“Lo que viviste fue real, fue injusto, y te hizo daño.”
Poner al otro como “malo esencial” es una forma de congelar el dolor.
Entender el patrón permite que algo se desbloquee.
La víctima puede reconocerse como alguien que sufrió,
sin quedar atrapada en el personaje de víctima.
Porque cuando uno se queda ahí,
se pierde la posibilidad de volver a ser autor de su propia historia.
—Usted ha dicho en otras conversaciones que la vida puede vivirse como un juego. ¿Cómo encaja eso aquí?
—Perfectamente.
En un juego:
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hay reglas,
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hay rivales,
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hay errores,
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hay rondas,
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hay estrategias,
-
y hay aprendizajes.
Pero nadie confunde el tablero con la realidad ni a la pieza con su identidad.
Si vivir la vida como drama te hace sufrir,
vivirla como juego te hace más ligero,
más libre,
más tolerante contigo y con los demás.
No hay héroes ni villanos:
hay jugadores aprendiendo a moverse.
—¿Entonces usted también ha sido el malo en la película de alguien?
—Por supuesto.
Y seguramente más veces de las que me gustaría recordar.
A veces porque fui torpe,
otras porque estaba herido,
otras porque interpreté mal una señal,
otras porque me protegí de una manera que causó daño.
El verdadero crecimiento empieza cuando puedes decir:
“Yo también tengo una sombra.
Y verla no me destruye; me hace más honesto.”
—Si tuviera que dejar un mensaje final, ¿cuál sería?
—Algo así:
Todos hemos sido víctimas en la película de alguien…
y el malo en la película de otro.
La clave es aprender a ver la historia sin quedarse atrapado en el personaje.
La vida duele cuando la vivimos como tragedia;
se aligera cuando la entendemos como juego.
En el fondo,
todos estamos tratando de mover nuestras piezas
con la mejor información que tenemos.
A veces sale bien.
A veces hacemos daño.
A veces nos hieren.
A veces aprendemos.
Eso es ser humano.
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