⭐ ENTREVISTA — La Contra
“Un militante puede vivir años en la vorágine… y descubrir la paz mirando el mar desde un campo de concentración”
Jorge Orrego, psicólogo: sobre la experiencia inesperada de contemplación en medio de la represión
—Jorge, usted ha estudiado testimonios de militantes del MIR chileno. ¿Qué le impactó más de esas narraciones?
—La velocidad.
La vorágine.
La sensación de que todo era urgente,
de que cada día era un movimiento,
cada conversación un cálculo,
cada noche un plan,
cada minuto una conspiración.
Muchos de esos jóvenes vivían dentro de un estado mental revolucionario:
alerta constante,
expectativa,
adrenalina,
certeza ideológica,
identidad forjada en la acción.
Lo decían así:
“no había tiempo para sentir, solo para hacer.”
—¿Y qué ocurre cuando esa velocidad es interrumpida de golpe?
—Eso fue lo que más me impresionó.
Muchos testimonios cuentan que, cuando fueron capturados y llevados a campos de detención o centros clandestinos,
tras el terror inicial,
hubo un momento inesperado:
un vacío silencioso.
Ese vacío —que en teoría era tortura psicológica—
a veces abría un estado que no esperaban.
Uno de ellos lo describe así, con una honestidad brutal:
“Habíamos vivido tanto en el futuro —el plan, la misión, la revolución—
que no sabíamos qué hacer cuando de pronto ya no había nada más que hacer.”
La mente, que había sido un motor de guerra,
se queda sin instrucciones.
Y ahí, sorprendentemente, aparece otro estado.
—¿Cuál estado? ¿Qué descubrieron?
—Descubrieron algo que ellos mismos llamaban “el relajo de la incertidumbre”.
No porque la situación fuera relajada,
sino porque la actividad interna por primera vez se detenía.
El organismo, agotado,
dejaba de luchar contra lo inevitable.
Y en ese espacio,
a veces aparecía una especie de contemplación cruda.
Algunos cuentan que, cuando fueron trasladados,
vieron por primera vez en meses —o años—
el mar.
Y ahí ocurrió algo extraordinario:
“Miré el océano y sentí una paz que no había sentido nunca,
ni siquiera de niño.”
Era como si la mente, tras años de ideología, clandestinidad, miedo y velocidad,
hubiera encontrado de golpe un estado no militante,
no estratégico,
no defensivo.
Un estado que podríamos llamar contemplativo,
o simplemente humano.
—¿Contemplación en medio del horror? ¿Cómo se explica eso?
—No como belleza.
No como consuelo espiritual.
No como enseñanza moral.
Sino como efecto neurológico y psicológico:
Cuando el sistema nervioso pasa años en modo ataque,
llega un punto en que se quiebra
y entra en un estado completamente diferente:
-
presencia pura,
-
percepción sin filtro,
-
conciencia del ahora,
-
suspensión de los objetivos,
-
claridad fría y amplia.
Hay un testimonio que lo dice mejor que cualquier psicólogo:
“Por primera vez no era militante de nada, ni enemigo de nadie,
ni protagonista de ninguna causa.
Era un ser humano mirando el mar.”
Eso es un estado mental radicalmente distinto.
Un estado que muchos nunca habían conocido.
—¿Podría llamarse místico? ¿Espiritual?
—Ellos no usaban esas palabras,
pero describían exactamente lo que las tradiciones contemplativas describen:
-
expansión,
-
serenidad inesperada,
-
sensación de totalidad,
-
un instante sin propósito,
-
una percepción directa de la existencia.
Pero no es misticismo religioso.
Es un estado emergente
cuando la mente deja de sostener sus narrativas de identidad
—militante, combatiente, perseguido, héroe, víctima—
y aparece algo anterior.
Yo lo llamaría:
“el estado sin historia.”
El estado donde uno existe sin el relato que siempre cargó.
—¿Qué aprendió usted de esos testimonios?
—Que el ser humano puede vivir años dentro de un sistema mental
que cree absoluto,
coherente,
ineludible.
Militancia, empresa, fama, trauma, duelo, revolución, academia…
cada marco es un mundo cerrado.
Pero basta un cambio brutal de contexto
para que aparezca un estado interno completamente distinto.
Y ese cambio no siempre viene por iluminación,
sino por derrumbe.
El presente absoluto aparece
cuando no queda nada más que el presente.
—¿Una frase final, Jorge?
—Sí, una que podría haber dicho cualquiera de ellos:
“Durante años viví para cambiar el mundo,
y en un solo instante descubrí que el mundo era ese mar que no había mirado nunca.”
Y otra:
“El silencio obligado me mostró algo que nunca había buscado:
que también existo sin ideología, sin misión, sin prisa.”
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