⭐ ENTREVISTA — La Contra
“El verdadero éxito es tan discreto que la mayoría lo confunde con mediocridad”
Jorge Orrego, psicólogo: sobre heridas que producen genios y vidas que triunfan sin hacer ruido
—Jorge, usted dice algo incómodo: que mucha gente admirada —artistas, intelectuales, genios— podría tener una herida emocional que fue el motor de su creatividad. ¿No es injusto?
—No, al contrario.
Lo digo con cariño.
Cuando uno mira a personas extraordinarias —un gran músico, un escritor brillante, un intelectual incendiario—
es fácil pensar que la genialidad nace sola,
que es “don”, “talento”, “destino”.
Pero a veces, detrás de la obra,
hay un niño o una niña que sintió que no era suficiente,
que necesitaba gustar,
ser visto,
ser querido,
ser elegido.
Y entonces, para compensar esa falta,
hicieron crecer:
-
su inteligencia,
-
su sensibilidad,
-
su imaginación,
-
su estética,
-
su habilidad verbal,
-
su mirada sobre el mundo.
No para ser genios.
Sino para que los quisieran.
El genio es, muchas veces,
una estrategia de afecto.
—¿Está diciendo que el arte es una forma sofisticada de mendigar amor?
—No lo diría así.
El arte es una conversación entre la herida y el mundo.
La herida dice:
“Me faltó algo”.
La creatividad responde:
“Déjame construir algo hermoso para compensarlo”.
Y el mundo —cuando funciona bien— contesta:
“Gracias por compartirlo”.
El proceso es humano,
no patológico.
Yo no creo que haya musas como fuerza externa,
pero sí creo que hay energías internas que funcionan como musas:
un tipo de inteligencia que se despierta para sobrevivir.
La creatividad es, en muchos casos,
la respuesta más elegante que la psique encontró
ante una carencia temprana.
—Entonces, ¿hay más dolor detrás del éxito de lo que imaginamos?
—A veces sí.
Pero no es un drama: es una transformación.
Muchas de las personas más queridas, admiradas, influyentes
tienen una historia silenciosa:
sentí falta de amor
y convertí esa falta
en algo que otros aman.
Es profundamente humano.
No hay que romantizarlo,
pero tampoco hay que denigrarlo.
—Pasemos a la otra idea: usted sostiene que el verdadero éxito no es deslumbrante, sino discreto. ¿En qué sentido?
—En el sentido más literal.
Nos han enseñado que el éxito es:
-
un logro profesional,
-
un premio,
-
una innovación,
-
una hazaña visible.
Pero eso es solo un tipo de éxito.
El otro, el más profundo,
no se ve en los telediarios ni en las redes sociales:
coordinar tus roles sin que uno destruya a los demás.
El éxito es:
-
ser un buen trabajador
sin descuidar tu salud, -
ser un buen padre
sin dejar de ser pareja, -
ser buena pareja
sin olvidar a tus amigos, -
ser buen amigo
sin olvidarte de ti.
Ese equilibrio humilde,
sin luces,
sin diplomas,
sin aplausos,
es rarísimo.
Y es el éxito que más paz da.
—Pero ese éxito no tiene brillo… ¿cómo lo vendemos en una sociedad que quiere épica?
—No se vende.
Se practica.
Mira:
la épica es atractiva,
pero consume mucha vida por dentro.
El equilibrio no atrae titulares,
pero sostiene una existencia entera.
La sociedad celebra lo que sube.
El bienestar celebra lo que se mantiene.
La cultura quiere héroes.
La salud quiere personas completas.
—¿Y cómo distinguimos la grandeza auténtica de la fantasía de grandeza?
—Por la proporción.
La fantasía de grandeza aparece cuando el dolor es grande
y la psique intenta compensarlo.
La grandeza auténtica aparece cuando la persona está en equilibrio
y actúa desde la realidad.
El éxito verdadero es casi sospechosamente normal.
No tiene trompetas.
No necesita validación.
Es invisible, pero profundo.
—Una frase para cerrar, Jorge. Algo que la gente pueda recordar.
—Dos frases, si me lo permites:
“Hay genios que nacen de una herida que aprendieron a convertir en luz.”
Y la otra:
“El éxito más grande es el que nadie celebra:
coordinas tu vida, tus roles, tus afectos,
y eso te permite vivir en paz.”
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