⭐ ENTREVISTA — La Contra
“El estado perfecto es el mediocre, pero todo el mundo intenta sacarte de él”
Jorge Orrego, psicólogo: sobre decisiones, emociones y fantasías de grandeza
—Jorge, usted dice algo provocador: que no deberíamos tomar decisiones cuando estamos tristes, pero tampoco cuando estamos demasiado felices. ¿Por qué?
—Porque ambos estados —la angustia y la euforia—
distorsionan la percepción en direcciones opuestas.
Cuando estás triste, asustado o paralizado por la duda,
tiendes a subestimar tus recursos y sobrestimar los riesgos.
Todo parece más difícil de lo que realmente es.
Pero cuando estás eufórico, confiado o radiante,
te pasa lo contrario:
sobrestimas tu capacidad y subestimas los peligros.
El miedo te hace pensar mal.
La alegría también.
Lo perturbador es que esto contradice el mito popular:
"No decidas cuando estás mal."
Yo añadiría:
"Pero tampoco decidas cuando estás demasiado bien."
—Entonces… ¿cuándo se debe decidir?
—En ese estado extraño, casi sospechoso,
que llamamos normalidad.
Un estado sin brillo y sin abismos.
Un estado “medio”.
Un estado sin trompetas celestiales ni violines trágicos.
El famoso “estar bien sin historia”.
Lo irónico es que la cultura actual te empuja fuera de ese estado todo el tiempo:
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“Sé extraordinario”.
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“Sé optimista radical”.
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“Sé vibrante”.
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“Sé disruptivo”.
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“Sé iluminado”.
-
“Sé alguien que inspira”.
Es agotador.
A veces pienso que la mayor rebeldía emocional de nuestro tiempo
es permitirse algo tan simple como estar normal.
—Usted llegó a decir una frase que desconcierta: “Si mediocre es lo máximo”. ¿Qué significa?
—No digo “mediocre” como insulto,
sino en su sentido original: “estar en el medio”.
Es el estado donde:
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no estás nublado por el miedo,
-
ni cegado por la euforia,
-
ni manipulado por el exceso de motivación externa,
-
ni arrastrado por la autocrítica.
Es el estado donde la mente piensa con más claridad.
Hay gente que cree que la excelencia surge de la intensidad.
Yo creo que la claridad surge de la mesura emocional.
El problema es que ese estado es tan poco llamativo
que nadie lo quiere vender como estilo de vida.
—Pasemos a la otra idea: usted sostiene que tras muchos fracasos aparece la fantasía de grandeza. ¿Por qué?
—Porque la psique compensa.
Cuando una persona ha acumulado:
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pérdidas,
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rechazos,
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humillaciones,
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errores dolorosos,
-
proyectos truncados,
su identidad queda agujereada.
Y en ese agujero, la mente construye lo que yo llamo
“arquitectura compensatoria fantástica”.
Cuanto más grande la pérdida,
más exuberante la fantasía.
La fórmula es simple:
A mayor fracaso percibido, mayor fantasía de grandeza.
No es voluntad.
Es defensa.
—¿Qué tipo de fantasías?
—De todo tipo:
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“Voy a escribir el mejor libro del siglo”.
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“Voy a ser el mayor sabio de mi generación”.
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“Soy más inteligente que todos los que me rechazaron”.
-
“Soy el elegido para una misión especial”.
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“Tendré la pareja más hermosa”.
-
“Fui maltratado porque soy excepcional”.
Son narrativas infladas que intentan equilibrar una herida.
No porque la persona sea narcisista,
sino porque intenta no desmoronarse.
A veces la fantasía es el yeso emocional
que evita que la fractura se abra más.
—¿Es peligroso?
—Es humano.
La fantasía de grandeza no es un defecto moral,
es un mecanismo de supervivencia.
El peligro aparece cuando la persona confunde la compensación con vocación,
y vive dentro de un imperio mental que no tiene carne ni hueso.
Pero bien acompañada,
esa fantasía se puede decantar
en creatividad, ambición saludable, o dirección vital.
—¿Cómo se acompaña a alguien que está atrapado entre la tristeza que empequeñece y la grandeza que infla?
—Con mucha humildad.
No soy yo quien define su verdad.
No soy yo quien decide cuál emoción merece crédito.
La terapia no es:
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pinchar globos,
-
ni prometer cielos,
-
ni dictar sentencias sobre el ego.
Es escuchar qué partes de la persona hablan
y cuáles están gritando por miedo.
A veces la euforia oculta un dolor antiguo.
A veces la depresión oculta una ambición legítima.
Mi trabajo es entrar en su segundo —como quien entra suavemente en una habitación ajena—
y acompañar la transición desde el extremo hacia el centro.
—Y si tuviera que decirlo en una sola frase, Jorge…
—Diría esta:
“Ni los abismos ni las cumbres:
la vida se decide en el llano.”
Y esta otra:
“De cada fracaso nace una fantasía;
de cada fantasía puede nacer un camino,
si encontramos el medio.”
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