ENTREVISTA
Jorge Orrego:
“A veces, perder cuerpo te da espacio. Y en ese espacio, la imaginación hace maravillas.”
Por E-terapia · Barcelona
INTRODUCCIÓN
Jorge Orrego —psicólogo, investigador de estados mentales peculiares y enemigo declarado de patologizar la creatividad humana— nos recibe con un té y una frase lapidaria:
“Fantasear no es escapismo: es arquitectura interior.
La diferencia está en quién lleva los planos.”
A partir de ahí hablamos de trauma, propiocepción, budismo, imaginación y por qué algunas mentes parecen vivir a medio metro del cuerpo… y funcionar sorprendentemente bien ahí.
LA ENTREVISTA
—Jorge, hay una teoría que dice que la gente muy fantasiosa o muy imaginativa podría tener déficit de propiocepción causado por experiencias traumáticas. ¿Le parece plausible?
—Plausible, sí. Trágica, no.
Confundimos “diferente” con “dañado”.
La idea básica es sencilla:
si el cuerpo deja de sentirse seguro —por trauma o por estrés prolongado—, la mente busca un espacio alternativo donde sostenerse.
Ese espacio suele ser:
-
la imaginación,
-
la fantasía,
-
el pensamiento simbólico,
-
la creación de mundos internos.
No es un fallo. Es un traslado de operaciones.
El cuerpo dice: “Ahora no, gracias”.
La mente responde: “Pues me monto una oficina en el ático”.
—Pero entonces, ¿la imaginación sería una consecuencia del trauma?
—No me gusta esa frase.
El trauma no crea imaginación; la libera.
La imaginación estaba ahí.
Simplemente, cuando la propiocepción falla, el sistema nervioso permite que la mente se desplace hacia zonas menos vigiladas.
Es como si el portero de tu edificio se tomara vacaciones sin avisar.
De repente, puedes subir a la azotea y mirar la ciudad entera.
—¿Cómo se podría validar científicamente esta teoría?
—Hay que mirarlo desde tres frentes, como haría un buen policía renacentista:
1. El cuerpo:
Medir propiocepción, interocepción, detección de latidos, tareas sin feedback visual…
Si hay déficit, ahí está la primera pista.
2. La mente fantástica:
Cuestionarios de absorción imaginativa, narrativas internas, daydreaming elaborado.
Si la mente está hiperactiva simbólicamente, segunda pista.
3. La biografía:
No solo traumas grandes.
A veces basta con microexperiencias repetidas de inseguridad o desvalorización corporal.
Si las tres piezas encajan, no tienes un “trastorno”.
Tienes un estilo adaptativo.
—Pero su interpretación suele ser negativa. ¿Cómo lo vería de manera positiva?
—Mira, el budismo lo vio antes que la neurociencia:
Cuando algo se rompe, también se abre.
Y por esa grieta pasa luz.
Si la propiocepción disminuye, la mente no queda vacía.
Queda amplia.
Ese vacío involuntario —comparado con el shunyata budista— permite:
-
no quedar atrapado en el pasado,
-
no obsesionarse con futuros catastróficos,
-
dejar de repetir narrativas dolorosas,
-
y acceder a un espacio neutral donde se puede crear.
Es curioso:
quien no siente tanto su cuerpo…
a veces tampoco siente tanto su dolor anticipado.
—¿Entonces perder un poco de cuerpo puede ser ganar mundo interno?
—Exacto.
Y sin romantizar el sufrimiento, claro.
Es como si la mente dijera:
“Vale, el cuerpo no es fiable hoy.
Pues trabajemos desde el plano simbólico, donde tengo más control.”
Y ahí aparece un superpoder inesperado:
-
más creatividad,
-
más flexibilidad cognitiva,
-
más capacidad de generar significados nuevos,
-
más sensibilidad estética,
-
más distancia emocional de los bucles de angustia.
El cuerpo pierde anclaje.
La mente gana espacio operativo.
—Eso suena casi como una ventaja evolutiva accidental.
—Es que lo es.
Los seres humanos no sobrevivimos por ser fuertes, sino por ser mentales.
Quien puede imaginar escenarios vive un paso adelante.
Quien puede simbolizar experiencias duras, no queda atrapado en ellas.
Lo que algunos llaman “déficit propioceptivo” yo lo llamaría:
“una optimización creativa en condiciones adversas”.
No es que la persona se vaya del cuerpo.
Es que el cuerpo deja de ser el único lugar donde puede habitar.
—¿Cómo lo relaciona con el vacío mental budista?
—El budismo dice que el sufrimiento surge del aferramiento.
Curiosamente, muchas personas con menor propiocepción no pueden aferrarse tan fuerte:
-
ni al pasado,
-
ni a las sensaciones desagradables,
-
ni a las predicciones alarmistas del futuro.
El resultado no es apatía.
Es espacio.
Ese mismo espacio, en la tradición contemplativa, es la puerta a:
-
claridad,
-
creatividad,
-
compasión no reactiva,
-
libertad interior.
A veces la vida, sin preguntar, te mete por esa puerta.
—¿Podemos decir que la fantasía es una forma de sabiduría accidental?
—Sí, siempre que no caigamos en la tontería de idealizar el dolor.
El dolor no ilumina.
Lo que ilumina es la reorganización interna que haces después.
Hay personas que reorganizan creando mundos.
Y esos mundos son, muchas veces, su manera de volver al mundo real con más fuerza.
—¿Cómo resumiría todo esto en una frase?
—Con esta:
“A veces, la mente que perdió anclaje encontró vuelo.”
-
una exploración sobre la imaginación como práctica espiritual involuntaria,
-
una segunda parte sobre trauma y creatividad,
-
o un enfoque más clínico sobre cómo acompañar a alguien que vive más en imágenes que en el cuerpo.
¿En qué dirección te gustaría profundizar?
Comentarios
Publicar un comentario