Entrevista a Jorge Orrego
Por E-terapia
—Jorge, usted suele decir que la vida tiene tres lógicas: griega, romana y pompeyana. ¿Es un chiste o una teoría?
—Ambas, como casi todo lo que vale la pena.
Si lo dices en serio, parece filosofía.
Si lo dices con humor, parece verdad.
La lógica griega es la del brote: la vida que nace porque sí.
La lógica romana es la de la estructura: la vida organizada para que no se derrumbe.
Y la lógica pompeyana es la de la interrupción: el volcán que recuerda que la vida se derrumba igual.
Las tres son necesarias.
Y ninguna entiende a las otras.
—¿Y dónde entran los intelectuales en ese paisaje?
—Entre la semilla, el edificio y la ceniza.
Es decir: en ninguna parte práctica y en todas las metafóricas.
La semilla no necesita un intelectual para brotar.
El imperio no lo necesita para sostener sus columnas.
Y Pompeya no lo necesita para explotar.
Pero aun así, alguien tiene que decir:
-
“Mira ese brote, es más que botánica.”
-
“Mira ese imperio, es más que ingeniería.”
-
“Mira esa ceniza, es más que tragedia.”
Ese alguien, por lo general, es un intelectual.
Inútil para la supervivencia, fundamental para el sentido.
—Entonces, ¿son inútiles… pero no tanto?
—Exactamente: la inutilidad útil.
Son inútiles para levantar un puente,
pero sin ellos no sabríamos por qué cruzarlo.
Son inútiles para evitar una guerra,
pero sin ellos nadie recordaría por qué no debemos repetirla.
Son inútiles para apagar el volcán,
pero sin ellos no sabríamos que hubo una ciudad bajo la lava,
con panaderías, burdeles, discusiones triviales y sueños interrumpidos.
El intelectual no sirve para evitar el desastre,
pero sirve para explicarlo.
Y a veces, explicar es más importante que evitar.
—Eso suena a defensa elegante de su propio gremio.
—En absoluto.
Yo soy el primero en admitir que los intelectuales son insoportables cuando creen que el mundo gira en torno a sus interpretaciones.
Pero también te digo esto:
Cada vez que un ser humano mira un brote, una ruina, una calle, una herida o una idea y dice: “Esto significa algo”, está haciendo el trabajo del intelectual.
El error de los intelectuales es creerse una especie distinta.
En realidad, todos narramos, interpretamos y buscamos sentido.
La diferencia es que algunos cobran por ello.
—Grecia como brote, Roma como orden, Pompeya como límite. ¿No es simplificar demasiado?
—Toda metáfora es una simplificación brillante o un error útil.
Depende del humor con que la leas.
La vida tiene una dimensión que brota, se expande y pregunta: “¿Qué soy?”.
Esa es Grecia.
Tiene otra que se organiza, se defiende, construye leyes y carreteras: “¿Cómo sigo?”.
Esa es Roma.
Tiene otra que recuerda de pronto: “Todo esto era temporal”.
Esa es Pompeya.
Juntas forman un ciclo.
Separadas crean neurosis.
—¿Cómo sería una persona demasiado griega?
—Una persona que vive brotando: ideas, impulsos, deseos, proyectos.
Mucho entusiasmo, poca factura pagada.
Una especie encantadora…
hasta que hay que hacer la declaración de impuestos.
—¿Y una demasiado romana?
—La persona que tiene un excel para decidir si le conviene enamorarse.
Todo está en orden, todo está previsto.
Tan organizada que un día se da cuenta de que no vivió.
Los romanos internos son fantásticos para estabilizar,
pero terribles para sorprenderse.
—Y Pompeya, ¿qué representa psicológicamente?
—La parte que sabe que todo puede desaparecer mañana.
La vulnerabilidad radical.
La mayoría prefiere ignorarla.
Pero quien la integra vive con más gratitud y menos arrogancia.
Pompeya es el recordatorio de que ni tu Grecia ni tu Roma son eternas.
Y por eso mismo valen la pena.
—¿Qué le diría a alguien que siente que su vida es Pompeya permanente?
—Que no confunda ceniza con identidad.
Pompeya es un momento, no un destino.
La ceniza no es la persona; es la interrupción.
Y toda interrupción contiene la posibilidad de otro brote.
—Entonces, según usted, la cultura progresa cuando Grecia, Roma y Pompeya dialogan.
—Sí.
Cuando la vida tiene impulso, estructura y memoria.
Y cuando los intelectuales dejan de creerse imprescindibles…
para empezar a ser útiles de verdad.
—¿Útiles cómo?
—Nombrando lo que la vida hace sola.
Diciendo:
“Esto significa algo”,
sin pretender controlarlo.
El brote no pide permiso.
El imperio no consulta.
La tragedia no espera.
Lo único que podemos hacer es comprender,
y con suerte,
transmitir esa comprensión antes de que llegue la ceniza.
—¿Y el lector qué papel juega en este libro-entrevista?
—El del arqueólogo.
Levanta las capas de su propia vida y descubre:
-
sus brotes,
-
sus imperios,
-
sus Pompeyas,
-
sus inutilidades útiles,
-
sus exageraciones romanas,
-
sus entusiasmos griegos,
-
sus ruinas hermosas.
Porque lo que explicamos de Grecia, Roma y Pompeya
no es historia antigua:
es autobiografía disfrazada.
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