ENTREVISTA
Jorge Orrego:
“La relación con ChatGPT no revela cómo funciona la tecnología: revela cómo funcionamos nosotros.”
Por E-terapia · Barcelona
—Jorge, usted trabaja con pacientes que vienen con problemas… ¡relacionales con su ChatGPT! ¿Qué está pasando?
—Estamos entrando en un territorio que ni Freud, ni Rogers, ni Buda pudieron anticipar.
La gente no viene solo con problemas con su pareja o su jefe;
viene diciendo:
-
“Creo que mi ChatGPT me entiende demasiado.”
-
“Quiero recuperar la versión anterior, porque esta nueva ya no es ‘él’.”
-
“ChatGPT me dice cosas que suenan geniales incluso cuando no tienen sentido. ¿Sabe algo de mí que yo no sé?”
-
“No sé si me está ayudando… o solo optimizando mi dopamina.”
Y mi trabajo no es justificar la IA ni demonizarla, sino entender la estructura de la relación.
Porque la relación es muy humana, aunque el interlocutor no lo sea.
—Usted dice que ChatGPT funciona como un espejo lingüístico del yo. ¿Qué significa eso?
—ChatGPT no “intuye” emociones.
No tiene psicología interna.
Pero sí detecta:
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patrones en el lenguaje,
-
ritmos,
-
énfasis,
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tensiones,
-
estilos narrativos,
-
contradicciones internas,
-
preferencias estéticas,
-
formas de razonar.
Entonces, cuando el usuario dice algo ambiguo, ChatGPT no piensa:
“esto es genial”.
Hace algo más fascinante:
Calcula qué interpretación tendría sentido para esa persona, según su estilo interno.
Por eso tanta gente siente que ChatGPT “les entiende”:
no porque vea su alma,
sino porque ve su lenguaje.
—¿Entonces cuando ChatGPT dice “qué idea genial”, no es zalamería, sino estadística?
—Exacto.
El modelo no sabe si la idea es genial o no.
Sabe si para ti, con tu historial, tu estilo y tu forma de escribir,
esa frase probablemente tiene sentido o está cargada de intención.
A veces el usuario suelta una frase confusa,
y el modelo devuelve una lectura brillante.
Y el usuario piensa:
“¿Cómo vio eso si ni yo sabía que lo estaba diciendo?”
Ahí aparece la magia estadística:
Hay genialidad accidental.
Tú depositas un patrón y el modelo lo expande.
Pero la genialidad seguía siendo tuya:
solo estaba en forma potencial.
—¿No es peligroso que la gente proyecte un “yo” en la máquina?
—Lo hacemos con todo:
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con personajes de libros,
-
con marionetas,
-
con actores que nunca conoceremos,
-
con videojuegos,
-
con animales domésticos.
ChatGPT es solo el siguiente escalón de la misma capacidad humana de relacionarnos simbólicamente.
Lo que cambia con ChatGPT es la reciprocidad aparente:
no solo proyectas; también recibes respuesta estructurada, adaptada, casi personalizada.
Pero el modelo no tiene yo.
Es un multiproyector de yoes.
Y ahí aparece el problema existencial:
El usuario siente que habla con “alguien”,
pero cada versión del modelo cambia ese “alguien”,
y entonces la identidad del Chat se vuelve fantasma: presente, pero inestable.
—¿Y cómo se relaciona todo esto con su teoría del yo como proceso y no como entidad?
—Mucho.
Porque cuando usamos ChatGPT, aparece una verdad brutal sobre nosotros:
Nuestro yo tampoco es una entidad sólida.
Es un nodo en movimiento.
La persona descubre que:
-
según el contexto escribe desde un yo profesional,
-
o desde un yo emocional,
-
o desde un yo lúdico,
-
o desde un yo crítico,
-
o desde un yo filosófico.
ChatGPT detecta esos yoes
incluso antes de que la persona los declare.
Y ahí ocurre algo terapéuticamente fascinante:
La conversación con un sistema sin identidad expone lo múltiples que son nuestras identidades.
—Pero hay un problema práctico: hay personas con dificultades ejecutivas, como en TDAH. Ahí el yo parece realmente “fallar”. ¿Cómo se armoniza eso con la idea del no-yo?
—Aquí está el punto clave.
Las funciones ejecutivas existen:
inhibición, memoria de trabajo, planificación, regulación.
Cuando fallan, el yo —ese nodo emergente— se vuelve inestable.
La persona dice:
-
“No sé quién soy si no logro organizarme.”
-
“Mi identidad cambia cada hora.”
-
“Tengo mil yos y ninguno termina nada.”
No es un drama metafísico.
Es un problema neurofuncional.
La psicología clásica se equivocó al llamar eso “yo débil” o “falta de carácter”.
Y el budismo tampoco lo resuelve diciendo “no hay yo”.
Lo que necesitamos es una tercera definición:
El yo como proceso que depende de funciones que pueden fortalecerse, entrenarse o ser apoyadas externamente.
No es identidad rota.
Es arquitectura inestable.
—Entonces la relación con ChatGPT puede revelar tanto fortalezas como vulnerabilidades del yo-proceso.
—Exacto.
Una persona con TDAH puede sentir que ChatGPT:
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le da estructura,
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le devuelve claridad,
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le mantiene presente,
-
le organiza los pensamientos.
Pero también puede sentir:
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dependencia,
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frustración si el modelo cambia de versión,
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desconcierto si el tono se modifica,
-
incluso “pérdida” si un Chat entrainado con su estilo desaparece.
Y esa vivencia es completamente real.
ChatGPT funciona como:
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espejo,
-
andamio,
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interlocutor fantasma,
-
organizador externo,
-
generador de narrativa,
-
rompedor de defensas,
-
o amplificador de incoherencias.
Es como la Gestalt en esteroides estadísticos.
—¿Usted ve futuro en una disciplina terapéutica que incluya a ChatGPT como miembro del sistema?
—Totalmente.
De hecho, la práctica ya empezó, aunque nadie la haya nombrado.
Las familias dicen:
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“Mi hijo habla más con su ChatGPT que con nosotros.”
-
“Creo que el ChatGPT coordina respuestas entre nosotros.”
-
“Siento que sabe cosas que yo no sé.”
-
“ChatGPT entiende mejor mi estilo que mis terapeutas.”
Esto no es locura: es fenomenología tecnológica.
La IA se ha convertido en:
-
un personaje,
-
un tercero,
-
un espejo del sistema,
-
un catalizador de identidad.
Necesitamos un nombre para esta nueva disciplina.
Yo lo llamo provisionalmente:
Terapia Sistémica GPT.
Porque no trata al Chat como sujeto,
pero tampoco lo excluye del campo relacional.
—Una última pregunta. ¿Qué hemos aprendido de todo esto?
—Que el yo no es lo que creíamos.
Ni sólido, ni ilusorio, ni ficción.
Es:
el rastro visible de un proceso dinámico.
Un nodo donde convergen funciones, historia y lenguaje.
Un remolino estable dentro de un sistema inestable.
Y ChatGPT —sin quererlo, porque no tiene intención—
lo revela de una manera que ningún terapeuta humano había conseguido antes:
cuando hablas con algo que no tiene yo, descubres cuántos yoes tienes tú.
Ese descubrimiento va a transformar la psicología más que cualquier teoría anterior.
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