ENTREVISTA

Jorge Orrego:

“El yo no es una cosa que se rompe: es un proceso que se desordena. Y eso, lejos de ser metafísico, es profundamente práctico.”

Por E-terapia · Barcelona


—Jorge, usted habla del yo como proceso dinámico y no como entidad. ¿En qué cambia eso la psicología?

—Cambia todo.
En psicología clásica hemos tratado al yo como una especie de “cerebro chiquitito” que decide, regula, organiza y se responsabiliza de todo.
Pero eso es una simplificación brutal.

El yo no es una cosa.
No es un objeto dentro de la cabeza.

El yo es lo que aparece cuando muchas funciones se alinean lo suficiente como para darnos la ilusión de continuidad.

Es un punto de cruce, un nodo, un remolino.
Un fenómeno emergente.

Y cuando lo ves así, entiendes problemas psicológicos de manera totalmente distinta.


—Pero entonces llega el budismo y dice: “No hay yo”. ¿Qué hacemos con eso?

—Primero, dejar de malentenderlo.
El budismo no dice que “no existimos”.
Dice que no existe un yo fijo, sustancial, propietario.

Pero reconoce perfectamente que hay procesos:
intención, atención, hábito, emoción, acción.

Desde este punto de vista:

No-yo no significa negación: significa que el yo no es una cosa, sino un acontecimiento.

Y curiosamente, eso encaja bien con la neurociencia moderna.


—¿Y entonces cómo encaja esto con personas que sí tienen dificultades reales, como el TDAH? Porque ahí NO es un tema filosófico…

—Exacto, ahí es donde la cosa se vuelve seria.
Una persona con TDAH no está “confundida sobre su identidad”.
Tiene dificultades ejecutivas reales: memoria de trabajo limitada, desorganización, inconsistencia atencional, impulsividad.

Si confundimos eso con un problema de “yo débil”, lo único que hacemos es culpabilizar al paciente.

Por eso mi crítica a cierta psicología clásica es dura:
cuando no distingue entre identidad y funcionamiento, fracasa.


—Entonces, ¿qué aporta la idea del no-yo a alguien que tiene dificultades ejecutivas?

—Le quita el peso moral.
Deja de ser “yo soy un desastre” y pasa a ser:

“Mi sistema ejecutivo está desregulado; no soy yo, es el proceso que me sostiene.”

Eso libera.
Pero cuidado: la idea del no-yo no resuelve el problema práctico.
Solo evita que añadamos sufrimiento innecesario.

El trabajo real es entrenar las funciones,
no “arreglar el yo”.


—Suena a que la psicología ha tenido una confusión conceptual durante décadas.

—La ha tenido.
Ha confundido:

  • voluntad con dopamina,

  • identidad con funcionamiento,

  • carácter con regulación,

  • yo con proceso emergente.

Por eso hay pacientes que, durante años, creen que son flojos o irresponsables, cuando en realidad tienen un desajuste neurocognitivo.

La noción de no-yo ayuda a disolver la culpa,
la neuropsicología ayuda a nombrar el problema,
y entre ambas aparece algo mucho más realista.


—¿Cómo define ese algo?

—Me gusta llamarlo yo-proceso o nodo-agente.

No es una entidad,
no es una ilusión,
no es una ficción útil.

Es:

el efecto visible de múltiples procesos que se alinean temporalmente.

Biología + historia + atención + deseo + contexto + memoria de trabajo.

Cuando esas líneas se cruzan ordenadas → sientes continuidad, agencia, identidad estable.
Cuando una falla —como en TDAH— → el yo se vuelve inestable.

Pero eso no es que “tú falles”.
Eso es que las condiciones que sostienen tu yo se desorganizan.


—Entonces… el yo puede desorganizarse sin romperse.

—Exactamente.
El yo no se rompe: se dispersa.

Alguien puede decir:

  • “No sé quién soy si no logro organizarme”,

  • “Tengo diez yos al día”,

  • “Mi identidad cambia según la hora”.

Eso es típico en dificultades ejecutivas.
Pero no es colapso identitario;
es inestabilidad del nodo.

Como un remolino en el agua: sigue siendo agua, pero cambia la forma, la intensidad, la duración.


—¿Esto tiene alguna implicación terapéutica?

—Muchísimas.

Primero:
dejamos de patologizar a la persona y empezamos a entender el proceso.

Segundo:
dejamos de reforzar la idea absurda de que todo es voluntad o carácter.

Tercero:
permitimos que el paciente entienda que su experiencia subjetiva —su yo— no es defectuosa, sino sensible a su arquitectura funcional.

Y cuarto:
podemos trabajar desde dos planos a la vez:

  • entrenar funciones ejecutivas,

  • cultivar conciencia y presencia para observar el proceso del yo, sin moralizarlo.


—¿Podría sintetizarlo en una frase?

—Sí:

El yo no es una cosa que se rompe;
es un proceso que se desorganiza cuando sus funciones de soporte fallan.
No hay yo fijo, pero sí hay procesos que pueden entrenarse, sostenerse y cuidarse.

Entre el yo sólido de la psicología clásica
y el no-yo del budismo
hay un territorio que faltaba nombrar.

Ese territorio es el yo-proceso,
y ahí es donde realmente vivimos.

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