ENTREVISTAJorge Orrego:

“Amor y miedo son direcciones; pero el miedo, usado con sabiduría, es un órgano de discriminación. No todo merece que nos acerquemos.”

Por E-terapia · Barcelona


INTRODUCCIÓN

Jorge Orrego —psicólogo clínico y constructor de puentes entre neurociencia, filosofía y espiritualidad práctica— sostiene que todo comportamiento humano puede comprenderse como un gesto fundamental: acercarse o alejarse.
Acerco = apertura.
Alejo = protección.
Y esas direcciones tienen nombres afectivos: amor y miedo.

Pero, a diferencia de los discursos simplistas que demonizan el miedo, Jorge añade una capa crucial:

“El miedo no es enemigo del amor.
El miedo es la parte del amor que sabe decir ‘no’.
Una brújula que avisa cuando el objeto de acercamiento no es sano.”

Y esta es la demarcación fina que introduce:
amor y miedo no son morales; son movimientos.
La virtud está en saber cuándo cada uno es adecuado.


LA ENTREVISTA

—Jorge, usted dice que todo comportamiento parte de un ‘me acerco’ (amor) o ‘me alejo’ (miedo). Pero… ¿no es bueno alejarse de aquello que hace daño?

—Por supuesto.
Ese es el matiz que rescata la complejidad humana.

La aproximación no es siempre virtuosa; la evitación no es siempre patológica.
Acercarse a lo que te destruye sería ingenuidad, y alejarse sería una forma alta de inteligencia.

Para mí:

  • el amor sin discernimiento se vuelve ceguera,

  • el miedo sin discernimiento se vuelve parálisis,

  • pero el miedo bien utilizado es discernimiento puro: una forma de amor por la propia vida.

El miedo es el sistema operativo que dice:
“Esto no, gracias”.
Y esa negación también protege la capacidad de amar otras cosas.


—Entonces el miedo no siempre está ligado a falsedad, como decía antes. ¿Cómo encaja eso con su modelo?

—Exacto, este es un punto fundamental:
el miedo tiene dos versiones.

  1. El miedo sabio (discernimiento):
    Capta señales reales de daño, riesgo, abuso o manipulación.
    Te aleja adecuadamente.
    Aquí el miedo es verdad protectora.

  2. El miedo defensivo (distorsión):
    Evita información que nos incomoda, niega, racionaliza, fabrica historias.
    Aquí el miedo es falsedad funcional, una distorsión para no sufrir a corto plazo.

Ambos son miedo, pero solo el segundo engendra falsedad.
El primero es casi un órgano sensorial moral.


—Eso introduce una pregunta inevitable: ¿cómo distinguir entre miedo sabio y miedo distorsionado?

—Buena pregunta.
Esa distinción es la piedra angular de la salud mental adulta.

Yo uso tres criterios:


1. El miedo sabio se basa en señales reales; el miedo defensivo en supuestos no verificados.

El primero responde a hechos;
el segundo a hipótesis catastróficas.


2. El miedo sabio preserva tu agencia; el defensivo te la roba.

Si luego de alejarte tienes más claridad → miedo sabio.
Si luego de alejarte te sientes más pequeño → miedo defensivo.


3. El miedo sabio permite una evaluación posterior; el defensivo clausura el análisis.

Si puedes revisar la decisión → sabio.
Si no te atreves ni a pensarla → defensivo.


—Esto convierte al miedo casi en un instrumento epistemológico…

—Lo es.
Igual que el dolor físico es un sistema de información, el miedo es un sistema de alerta cognitivo-afectivo. No siempre acierta, pero tampoco siempre miente.

En términos neurocientíficos, la amígdala no solo dispara pánico; también discrimina patrones relevantes. El problema no es su existencia, sino su monopolio.

A veces la mente adulta necesita que la amígdala diga:
“Por aquí no”.
Y eso no es ausencia de amor, sino amor protegiendo recursos futuros.


—¿Cómo queda entonces la idea de que “la falsedad nace del miedo”?

—Queda así:
la falsedad nace del miedo que se niega a sí mismo,
no del miedo que se reconoce y se regula.

El miedo sabio dice:
“Esto no me conviene, me retiro”.
Eso puede ser completamente verdadero.

El miedo defensivo dice:
“Si admito la verdad me destroza; mejor invento otra”.
Ahí nace la distorsión.

Por tanto:

  • miedo + reconocimiento → discernimiento,

  • miedo + negación → falsedad.


—¿Y el amor? ¿También puede equivocarse?

—Claro.
El amor ingenuo se acerca donde no debería acercarse.
El amor desbordado idealiza.
El amor mal orientado romantiza la destrucción.

Por eso no basta con saber si estoy acercándome;
debemos preguntarnos a qué y por qué.

Si te acercas porque quieres crecer → amor.
Si te acercas porque no toleras estar contigo mismo → dependencia.

El gesto es el mismo.
La calidad del gesto depende de la conciencia que lo dirige.


—¿Cómo conecta todo esto con la idea de interpretar el mundo desde lo que nos acerca a la vida buena?

—Perfectamente.
Si entre dos interpretaciones ambas compatibles con los hechos, eliges la que:

  • te acerca a la realidad,

  • te acerca a los demás,

  • te acerca a tu capacidad de acción,

entonces estás actuando desde amor con discernimiento.

Pero si una interpretación te acerca al daño,
el amor mal entendido es imprudencia.

Y si una interpretación te aleja del daño real,
ese miedo es sabio.

Moraleja:

No todo lo que aleja es miedo defensivo;
no todo lo que acerca es amor virtuoso.
El arte está en saber distinguir.


—¿Qué aporta esta visión como criterio de demarcación?

—Aporta algo muy potente:

La dirección (acercamiento o alejamiento) no es suficiente para juzgar un acto.
Lo que importa es si el movimiento preserva o disminuye tu libertad.

Tienes un modelo de evaluación simple pero profundo:

  1. ¿El gesto se basa en señales reales o imaginarias?

  2. ¿Aumenta o disminuye mi agencia?

  3. ¿Permite revisión o cierra el pensamiento?

  4. ¿Me acerca a una vida más plena, o solo a un alivio momentáneo?

Si responde bien a estas preguntas, da igual si es amor o miedo:
es sabiduría práctica.


—¿Puede cerrar esta nueva versión con una frase final?

—Te la doy:

“El amor nos mueve; el miedo nos protege.
La madurez es saber qué usar en cada gesto
y no confundir valentía con acercarse a lo destructivo.”

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